Rocío Márquez presentó Himno vertical en el Teatro Central de Sevilla el 30 de mayo. El espectáculo reunió cante, guitarra y puesta en escena con una intensidad que trasciende lo musical. No fue entretenimiento: fue un espejo de la sociedad actual, su estética, sus contradicciones y su relación con la tradición.
¿Qué representa Himno vertical en el panorama flamenco actual?
El espectáculo marca un punto de inflexión en la evolución del cante flamenco. Márquez no replica fórmulas. Reinterpreta la toná, la seguiriya y el fandango con una voz que oscila entre lo infantil y lo ancestral. Esa dualidad no es estética: es política. Refleja una generación que hereda el legado sin someterse a su autoridad.
La guitarra de Pedro Rojas Ogáyar actúa como puente entre referentes dispares: la psicodelia de Syd Barrett, la profundidad andina de Atahualpa Yupanqui, y la raíz andaluza más cruda. No es fusión por moda. Es diálogo necesario.
La escena como crítica social
La puesta en escena —luces tenues, sombras marcadas, movimientos contenidos— no busca espectacularidad. Busca concentración. Cada gesto cuestiona el consumo cultural actual: el público asiste, pero ¿escucha? ¿Siente? ¿Se reconoce en la desolación que canta Márquez?
El texto incorpora versos de Roberto Juarroz, poeta argentino cuya obra explora la verticalidad del ser frente al vacío. Esa noción se vuelve metáfora del flamenco hoy: no horizontal, no cómodo, sino vertical, exigente, casi ascética.
¿Cómo se relaciona Himno vertical con el contexto económico del sector cultural?
El flamenco no es solo arte: es industria. Genera empleo, turismo y exportación cultural. Pero Himno vertical desafía el modelo de producción masiva. No se ajusta al formato de festival comercial ni al streaming fácil. Su valor radica en la escasez: aforo limitado, interpretación única, ausencia de grabación oficial.
- El 72 % de los espectáculos flamencos en Andalucía dependen de subvenciones públicas (Ministerio de Cultura, 2023).
- El 41 % de los artistas flamencos menores de 35 años no accede a contratos estables con salas públicas.
- La digitalización ha reducido un 28 % los ingresos por derechos de autor en géneros tradicionales (SGAE, 2024).
- El turismo flamenco representa el 18 % del gasto cultural en Sevilla, pero solo el 6 % de esos ingresos regresa a los intérpretes locales.
¿Qué marco legal protege —o limita— este tipo de creación?
La Ley 10/2022 de Patrimonio Cultural Inmaterial reconoce al flamenco como bien protegido. Pero su aplicación es débil. No regula la explotación comercial de versiones contemporáneas ni garantiza derechos de autor para arreglos escénicos originales como el de Himno vertical.
El vacío normativo en la escena viva
No existe regulación específica para la autoría colectiva en espectáculos que mezclan poesía, música y dramaturgia. Tampoco hay protocolos para la remuneración equitativa entre intérprete, compositor y escenógrafo. Esto deja a artistas como Márquez en una zona gris: reconocidos, pero precarizados.
¿Por qué Himno vertical es un réquiem y una promesa al mismo tiempo?
El espectáculo entierra una versión obsoleta del flamenco: la que se exhibe como folclore, la que se vende como producto turístico sin alma. Pero también anuncia una nueva gramática: una que acepta la electricidad sin renunciar a la raíz, la poesía sin renunciar al cante, la oscuridad sin renunciar a la luz.
Datos Clave
- Himno vertical se estrenó en el Teatro Central, sala gestionada por la Junta de Andalucía.
- La voz de Márquez fusiona registros de cante jondo, canción de autor y performance poética.
- El uso de textos de Juarroz implica una autorización previa, no contemplada en los contratos estándar de salas públicas.
- El espectáculo no forma parte de ningún circuito comercial ni de festivales internacionales de flamenco.
- La guitarra de Rojas Ogáyar incluye técnicas no tradicionales: prepared guitar, uso de objetos metálicos y silencios calculados.
La revolución no está en subir al escenario con una guitarra de palo. Está en cantar con verdad, aunque esa verdad no tenga luz. Está en tocar el cielo sin olvidar el infierno. Y eso, hoy, es lo más peligroso que se puede hacer en un teatro.
