El ejercicio físico ya no es un complemento opcional en el tratamiento del cáncer de mama: es una intervención clínicamente validada, integrada en protocolos asistenciales de centros como el Hospital Virgen del Rocío. Este cambio responde a una demanda real de las pacientes, respaldada por evidencia creciente sobre su impacto en la calidad de vida, la tolerancia al tratamiento y la supervivencia. El proyecto liderado por la doctora Mónica Cejuela y el investigador Diego Martín representa un giro estructural: del consejo aislado al programa supervisado, multidisciplinar y medible.
¿Por qué el ejercicio físico dejó de ser una recomendación secundaria en oncología?
Hasta hace pocos años, las oncólogas respondían con cautela a las preguntas sobre actividad física. La falta de evidencia robusta y el temor a complicaciones limitaban su prescripción. Hoy, esa postura ha cambiado radicalmente. Estudios recientes demuestran que el ejercicio supervisado reduce la fatiga, mejora la función cognitiva y disminuye el riesgo de recurrencia. Además, los datos clínicos del Virgen del Rocío confirman que las pacientes no solo lo solicitan: lo exigen como parte integral de su cuidado.
El rol del equipo multidisciplinar
La innovación no radica solo en moverse, sino en cómo se mueve la paciente. El programa integra fisioterapeutas, nutricionistas, psicólogos y trabajadores sociales, coordinados desde la unidad de cáncer de mama. Cada profesional aporta una pieza esencial: desde la prescripción de carga progresiva hasta el manejo de la ansiedad post-diagnóstico.
¿Qué implica un programa estructurado de ejercicio físico en oncología?
No se trata de rutinas genéricas ni de aplicaciones móviles. El modelo del Virgen del Rocío exige evaluación basal, seguimiento semanal y ajuste individualizado. Los participantes realizan sesiones de resistencia, flexibilidad y equilibrio, adaptadas a su fase terapéutica: quimioterapia, radioterapia o seguimiento. La supervisión es clave: evita lesiones, optimiza la respuesta fisiológica y refuerza la adherencia.
La dimensión molecular del movimiento
Diego Martín aporta una mirada única: su formación en investigación básica permite vincular los efectos del ejercicio con biomarcadores. Se estudian cambios en marcadores inflamatorios, perfil de citocinas y respuesta inmune tumoral. Esto convierte al programa en un laboratorio clínico vivo, donde cada sesión genera datos para futuras guías terapéuticas.
¿Cómo se articula el marco legal y económico de esta innovación?
El proyecto opera dentro del Sistema Nacional de Salud, pero sin financiación específica para actividad física oncológica. Su sostenibilidad depende de la reasignación de recursos humanos y de la integración en los planes de atención integral del SAS. Desde el punto de vista normativo, se alinea con la Ley 29/2022 de garantías y uso racional de los medicamentos, que promueve terapias no farmacológicas con evidencia. Económicamente, reduce costes indirectos: menos visitas por síntomas no controlados, menor absentismo laboral y menor dependencia de fármacos ansiolíticos o analgésicos.
Datos Clave
- El ejercicio físico supervisado reduce un 30 % la fatiga asociada a la quimioterapia.
- El 87 % de las pacientes en el programa del Virgen del Rocío mantienen adherencia a los 6 meses.
- Se ha observado una mejora del 22 % en la función física medida con el test de 6 minutos.
- El modelo ya se replica en 3 centros andaluces bajo el convenio del Instituto de Investigación Biomédica de Sevilla (IBiS).
- No existen protocolos nacionales obligatorios para ejercicio en cáncer de mama, lo que genera desigualdad territorial.
¿Qué barreras persisten para su generalización?
A pesar de los resultados, la escalabilidad enfrenta obstáculos reales. La falta de reconocimiento del ejercicio como actividad asistencial impide su facturación en la cartera de servicios. Además, escasean los profesionales con formación específica en oncofisioterapia y prescripción de ejercicio en inmunosupresión. La brecha entre la evidencia y la práctica clínica sigue siendo significativa, especialmente en zonas rurales y centros con menor capacidad investigadora.
La tridimensionalidad del cambio
Este proyecto no es solo clínico: es social, porque empodera a las pacientes como agentes activos de su recuperación; es económico, porque disminuye cargas asistenciales evitables; y es legal, porque presiona para actualizar las guías de práctica clínica y los catálogos de prestaciones del SNS. Su éxito no se mide solo en biomarcadores, sino en la capacidad de transformar una consulta oncológica en un espacio de autonomía, prevención y dignidad.
