Edgar Morin (1921–2026) no fue solo un filósofo de la complejidad. Fue también un observador riguroso de la experiencia cinematográfica, un pionero que analizó el cine como fenómeno antropológico, social y psíquico. Su obra El cine o el hombre imaginario (1956) sigue siendo una referencia ineludible para entender cómo las pantallas moldean la identidad, la emoción y la percepción colectiva. Su muerte el 29 de mayo de 2026 reavivó el interés por su mirada temprana sobre la cultura de masas.
¿Qué hace el cine con nosotros?
Morin no preguntó qué es el cine, sino qué hace el cine con nosotros. Su enfoque fue antropológico desde el inicio. El cine no es solo un arte o una industria: es un mecanismo de proyección e identificación. Cada espectador se reconoce en las imágenes, se proyecta en los personajes y reconfigura su subjetividad en el acto mismo de mirar.
Este proceso no es pasivo. Es un intercambio simbólico entre la pantalla y el espectador. Morin lo llamó el hombre imaginario: una figura que nace de la fusión entre la realidad vivida y la ficción representada. No se trata de engaño, sino de una construcción colectiva de sentido.
El tránsito del cinematógrafo al cine
Morin distinguió con claridad dos etapas: el cinematógrafo, como aparato técnico de registro y reproducción, y el cine, como fenómeno cultural y psíquico. El salto no fue tecnológico, sino simbólico. Requirió la aparición de la narrativa, la estrella, la sala oscura y la masa espectadora. Solo entonces el cine se convirtió en un espacio de ritual moderno.
¿Por qué El cine o el hombre imaginario sigue siendo relevante hoy?
En la era del streaming, los algoritmos y la hiperpersonalización, la pregunta de Morin adquiere nueva urgencia. Las plataformas no solo distribuyen contenidos: modelan deseos, refuerzan identidades y segmentan realidades. Su análisis anticipó los mecanismos de la cultura digital: la proyección se volvió interactiva, la identificación se volvió fragmentada, y el hombre imaginario se multiplicó en perfiles, avatares y feeds personalizados.
El impacto económico del modelo moriniano
Morin no escribió sobre mercados, pero su teoría explica por qué el cine sigue siendo rentable: no vende historias, sino experiencias de reconocimiento. Las franquicias, los reboots y los universos compartidos funcionan porque activan patrones de identificación ya instalados. El valor económico reside en la capacidad de reproducir ese lazo psíquico a escala masiva.
¿Cómo se relaciona su pensamiento con el marco legal actual?
Las leyes de protección de datos, como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), reconocen implícitamente lo que Morin describió décadas antes: que la mirada no es neutral. Cada clic, cada pausa, cada rebobinado es una huella de identificación. Las normativas europeas exigen transparencia porque saben que los algoritmos no solo recomiendan: reconfiguran subjetividades. Morin anticipó la necesidad de una ética de la mirada.
Las estrellas como espejos sociales
En Las estrellas del cine (1957), Morin analizó a figuras como Brigitte Bardot no como actrices, sino como superficies colectivas de proyección. Las estrellas son vacíos significativos: recipientes donde la sociedad vierte sus anhelos, miedos y contradicciones. Hoy, los influencers y los personajes de reality shows cumplen esa misma función, pero con mayor intensidad y menor mediación artística.
¿Qué significa que sus libros sean inclasificables?
Morin rechazó las fronteras disciplinares. Sus estudios sobre el cine no encajan en la Semiótica, la Sociología ni la Estética pura. Esa hibridación no fue un defecto: fue su mayor virtud. Le permitió ver lo que las disciplinas aisladas pasaban por alto: la intersección entre tecnología, deseo y poder.
Datos Clave
- Morin publicó El cine o el hombre imaginario en 1956, antes de desarrollar su teoría del pensamiento complejo.
- Su enfoque antropológico del cine anticipó estudios contemporáneos sobre algoritmos y subjetividad.
- La obra se centra en la proyección e identificación, no en la técnica ni la historia del arte.
- Las estrellas del cine (1957) analiza a los ídolos como superficies simbólicas colectivas.
- Su legado cinematográfico es hoy más relevante que nunca en el contexto de la cultura digital y la regulación de plataformas.
La vigencia de Morin no radica en sus respuestas, sino en sus preguntas. Preguntas que siguen resonando cada vez que encendemos una pantalla.
