La reciente decisión de Teresa López de abandonar su militancia en Vox y convertirse en diputada no adscrita ha reavivado el debate sobre la inestabilidad política en Ceuta. Esta situación se agrava con la presencia de otros dos diputados no adscritos, Nabil Rahal y Fidda Mustafa, quienes también han sido apartados de sus respectivos grupos parlamentarios. Este fenómeno plantea interrogantes sobre el futuro de la política local y la capacidad de estos diputados para influir en la toma de decisiones.
La renuncia de López, comunicada a la Mesa de la Asamblea, se produce en un contexto de tensiones internas dentro de Vox, donde ella ha denunciado una «política de exclusión y purga interna». Su salida se suma a la incertidumbre sobre el futuro de Carlos Verdejo, otro diputado de Vox que podría seguir su ejemplo. Ambos han experimentado un trato similar por parte de la dirección del partido, lo que ha llevado a la creación de un panorama político fragmentado.
Por otro lado, la situación de Rahal y Mustafa es igualmente preocupante. Rahal, exmilitante del PSOE, fue expulsado sin haber tenido la oportunidad de defenderse en un expediente que se inició con un castigo severo. Esta falta de transparencia en los procesos internos de los partidos políticos ha sido criticada por los afectados, quienes sienten que sus derechos han sido vulnerados.
La posibilidad de que estos tres diputados no adscritos formen un grupo municipal es limitada, ya que el reglamento de la Asamblea de Ceuta no lo permite. Esto significa que, a pesar de su número, no podrán agruparse formalmente para tener un mayor peso en las decisiones políticas. Esta restricción plantea la pregunta de cómo podrán influir en la agenda del Partido Popular, que actualmente gobierna sin mayoría absoluta.
El contexto político en Ceuta es complejo. La Asamblea se encuentra dividida, con un Grupo Parlamentario Socialista fracturado y Vox enfrentando su propia crisis interna. Además, el partido MDyC también está lidiando con problemas, ya que uno de sus diputados se encuentra en prisión preventiva. Esta serie de eventos ha llevado a una percepción de inestabilidad política que podría afectar la gobernabilidad de la ciudad.
Históricamente, Ceuta ha experimentado crisis políticas similares. La debacle del Grupo Independiente Liberal (GIL) a principios de los años 2000, donde varios diputados abandonaron el partido, es un ejemplo de cómo la inestabilidad puede llevar a cambios significativos en el panorama político. En ese momento, la salida de diputados resultó en la creación de un Grupo Mixto y, eventualmente, en la desaparición del GIL como fuerza política relevante.
La situación actual podría interpretarse como un reflejo de la fragilidad de los partidos en Ceuta. La falta de cohesión interna y la incapacidad de manejar las disidencias están llevando a un escenario donde los no adscritos podrían jugar un papel crucial, aunque limitado. Los próximos plenos de la Asamblea serán decisivos para observar cómo se comportan estos diputados y qué tipo de influencia pueden ejercer en las decisiones del gobierno local.
El Partido Popular, que se enfrenta a una legislatura sin mayoría, deberá navegar en este entorno complicado. La capacidad de los no adscritos para influir en la política práctica dependerá de su habilidad para unirse en torno a causas comunes y de cómo el PP gestione esta nueva realidad. La política en Ceuta está en un momento de transformación, y los próximos meses serán clave para determinar su rumbo.