Jesús Méndez y Pepe del Morao llenaron el Teatro Cajasol con un recital que reafirmó el peso del cante clásico en la escena contemporánea. El concierto, parte de los Jueves Flamencos de Cajasol, mostró una propuesta estética decidida: voz poderosa, ritmo incesante y repertorio arraigado. No fue un espectáculo de experimentación. Fue una declaración de identidad flamenca, ejecutada con rigor técnico y devoción histórica.
¿Qué significa el estilo ‘clásico’ en el flamenco del siglo XXI?
El término clasicismo flamenco no alude a lo antiguo, sino a una corriente consolidada desde los años 70. Méndez encarna esa estética de las voces de trueno: intensidad física, proyección sin amplificación y dominio absoluto del aire. Su repertorio —soleares, seguiriyas, tangos-tientos, alegrías, malagueñas del Mellizo— no es una elección casual. Es un mapa sonoro de la tradición jerezana, actualizado sin concesiones.
Este clasicismo no es estático. Se nutre de la memoria, pero se sostiene en la técnica actual. Méndez no imita: interpreta. Su seguiriya fue austera, feroz y directa. No buscó efectismo. Buscó verdad emocional. Esa es la diferencia entre repetición y reivindicación.
¿Cómo influye el acompañamiento de Pepe del Morao en la propuesta vocal?
Pepe del Morao no acompañó: dialogó. Su guitarra fue barroca, densa, sin silencios. Cada compás estaba lleno de matices rítmicos y ornamentales. No dejó espacios vacíos, pero tampoco opacó la voz. Su estilo —sencillo en apariencia, locuaz en ejecución— creó un andamiaje rítmico que potenció la potencia vocal de Méndez.
El contraste entre la sobriedad del cante y la riqueza instrumental no generó tensión. Generó equilibrio. Esa simbiosis es clave en el flamenco vivo: ni el cante ni la guitarra mandan. Ambos responden.
¿Por qué el repertorio de Lole y Manuel, Lola Flores y Bambino resurge hoy?
La segunda parte incluyó canciones por bulerías de Lole y Manuel, Lola Flores y Bambino. Estos temas no son nostalgia. Son relecturas. Su renacer responde a una demanda actual: el público busca emociones reconocibles, melodías que viajan entre lo popular y lo profundo.
Romero verde, Mi torre de San Miguel y Loco, loco, loco funcionan como puentes. Conectan generaciones. Validan el cante como expresión popular, no solo como arte de cámara. Este rescate no es museístico. Es funcional.
El soniquete jerezano como marca de autoría
Méndez canta con denominación de origen: Jerez. Su voz tiene un timbre mate, una maleabilidad extrema y una capacidad única para graduar la emoción según la estructura del cante. No improvisa al azar. Usa los tercios, los llamados, los remates como herramientas compositivas.
Su vínculo con la familia Méndez —y con la figura legendaria de su tía Paquera— no es un dato anecdótico. Es un ancla ética. Representa la continuidad de la Plazuela, un espacio físico y simbólico donde el cante se transmite con rigor y devoción.
Datos Clave
- Jesús Méndez representa la estética de las voces de trueno, consolidada en los festivales flamencos de los años 70.
- El concierto incluyó soleares, seguiriyas, tangos-tientos, alegrías y malagueñas del Mellizo.
- Pepe del Morao aplicó un acompañamiento barroco, rítmico y sin silencios.
- El repertorio de Lole y Manuel, Lola Flores y Bambino refleja un renacer cultural, no una mera reedición.
- La voz de Méndez posee timbre mate, potencia vocal y maleabilidad técnica, rasgos que lo sitúan entre los mejores intérpretes actuales.
¿Cuál es el impacto económico y legal de este tipo de programación?
Los Jueves Flamencos de Cajasol no son solo un ciclo artístico. Son un modelo de sostenibilidad cultural. La Fundación Cajasol invierte en patrocinio directo, evitando dependencia de taquilla. Esto permite programar artistas de alto nivel sin presión comercial.
Desde el marco legal, el ciclo se enmarca en la Ley Andaluza de Patrimonio Cultural. El flamenco es Bien de Interés Cultural (BIC). Cada concierto como el de Méndez y del Morao es una acción de salvaguardia activa, no solo de exhibición.
Económicamente, este formato impulsa el ecosistema local: músicos jerezanos, técnicos andaluces, producción propia. No hay externalización. Hay cadena de valor corta y controlada.
El flamenco clásico, bien programado y bien financiado, deja huella económica, social y legal. No es folklore. Es infraestructura cultural.